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¿Es todo por un mero “quítame allá esas pajas…”? Augusto Merino M.

by ciudadcatolica.cl / miércoles, 31 julio 2024 / Published in 2023, Archivero, Artículos, Religión e Iglesia

Hay quienes, observando desde afuera (o incluso desde dentro, pero en posiciones muy cómodas) las actuales disputas sobre la liturgia que se están dando en la Iglesia, expresan su desconcierto, cuando no su escándalo: “Pero, ¿no están todos de acuerdo en que creen en un Dios, Padre Todopoderoso (y en el resto del Credo)? ¿Y en que Jesús está presente sobre el altar desde el momento de la consagración en la Misa, sea la nueva o la antigua (aunque aquí habría que matizar, porque el 70% de los católicos estadounidenses no creen en tal cosa)? ¿Cómo es que, por un “quítame allá esas pajas”, se van prácticamente a las manos y se tildan recíprocamente de herejes? Porque ritos más, ritos menos, todos los ritos por igual son unas “pajas”, si se considera que, con esos accesorios o sin ellos, el Señor se hace presente corporalmente en el altar: quienes piensan de este modo ponen así el énfasis en la “validez” de la celebración eucarística, y miran en menos todo lo demás. “Si el Señor está ahí, ¿qué más se puede pedir?”. 

Pero la verdad es que esta línea de pensamiento es tremendamente superficial. 

Primero porque los ritos que la Tradición de la Iglesia ha establecido desde hace muchos siglos no son cosa sin importancia para Dios ni, por tanto, para nosotros. Para convencerse de esto, basta leer las prescripciones que el mismo Dios se encargó de expresar en los libros del Exodo y del Levítico, por mencionar los dos más atingentes, relativas a las formas y formalidades, hasta los detalles más mínimos, que debía cumplirse en las ceremonias del culto. “¡Ah, pero eso es el Antiguo Testamento, cuyas prescripciones rituales caducaron con el Nuevo Testamento, como que hoy ya no se sacrifica ni ofrece animales al Dios Altísimo!”. Sí, ello es cierto en cuanto a los ritos concretos que hay que cumplir; pero no en cuanto al espíritu que deben tener todos los ritos, sean antiguos o modernos, del culto que se rinde a Dios, que es el mismo en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. ¡Curiosa cosa sería que al Dios del Nuevo Testamento no hubiera que tratarlo con el mismo religioso respeto que al del Antiguo Testamento, siendo que se trata del mismo Dios!

Segundo, porque la “nueva Misa”, la de Pablo VI, no es producto de una reforma litúrgica inocente. Y ahí está el punto: los “reformadores litúrgicos” no fueron tampoco, ellos mismos, “inocentes” liturgistas preocupados sólo de las formalidades exteriores del culto público de la Iglesia, sino que fueron activos representantes (y aún activistas) del Modernismo teológico, que San Pío X definió como la “colección de todas las herejías”. Para darse cuenta de esto, basta adentrarse, siquiera un poco, en la historia del Movimiento Litúrgico, que nació en el siglo XIX por obra del benedictino Dom Prosper Guéranger, una de las figuras más respetables en la liturgia de todos los tiempos, y constatar cómo fue, de a poco, siendo presa de clérigos claramente Modernistas que, por la vía de la liturgia, comenzaron a atacar, solapadamente, la fe misma de la Iglesia. Aunque esto parezca sorprendente, es verdad: porque, en efecto, el lugar privilegiado en que la fe de la Iglesia se manifiesta, incluso antes de llegar a ser codificada en Credos y otras formas, es la oración pública de la Iglesia, la liturgia. Los “reformadores litúrgicos” sabían esto con toda claridad, y por eso se dedicaron a modificar la liturgia, sabiendo que, por esta vía, habrían finalmente de modificar la fe de la Iglesia (el que el 70% de los católicos estadounidenses no crea en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía se debe, en importantísima parte, a la “liturgia reformada” en que se los ha hecho participar desde hace 70 años). Y por si hubiera dudas al respecto, se puede mencionar aquí la estrategia del propio Lutero, quien optó, igual que los Modernistas actuales, por modificar el rito de la Misa para ir, lenta pero seguramente, cambiando la fe de sus seguidores; sobre esto no hay discusión posible, porque a la vista de todos están los textos mismos de Lutero en que expresa esta idea. 

La “Misa nueva” no es, pues, teológicamente inocente, sino que expresa ciertas posiciones teológicas claramente heterodoxas, bastante bien disimuladas para el ojo inexperto, en particular en la eclesiología. La “Misa nueva” es la bandera de lucha de una nueva eclesiología, es decir, de una nueva concepción de la Iglesia, de su naturaleza, de su misión, de su constitución interna. Todos estos puntos fueron fijados de una vez para siempre por el propio Señor. Pero los Modernistas, con el pretexto de formular las infalibles afirmaciones del Divino fundador de un modo tal que sean “asequible” a los hombres contemporáneos (los primeros en 2.000 años en necesitar semejante adecuación), las han tergiversado o desvirtuado o, derechamente, negado. 

La “lucha por la Misa”, en que el papa Francisco está empecinado más que en ningún otro punto de su gobierno, atacando sin piedad a quienes defienden la “Misa antigua”, es una lucha teológica de la máxima importancia, que remueve los fundamentos mismos de la fe católica. Esa lucha, que hoy conoce momentos de gran ferocidad por parte del papado y de muchísimos obispos, no es pues, una pelea por un “quítame allá esas pajas”. Es una lucha por la Verdad Revelada, por defender la cual han muerto, a lo largo de los siglos, innumerables mártires.  

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