A continuación publicamos la traducción del Prefacio, escrito por el Cardenal Joseph Ratzinger, al libro de Klaus Gamber “La Réforme Liturgique en question”, éd. Le Barroux: Sainte-Madeleine, 1992. El texto en inglés, que es el que traducimos aquí, ha sido traducido a esa lengua y publicado por primera vez, separado del libro de Gamber, por Peter Kwasniewski en New Liturgical Movement el 8 de febrero de 2023.
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Un joven sacerdote me decía recientemente: “Lo que necesitamos hoy es un movimiento litúrgico”. Me manifestaba así una preocupación que, en la actualidad, sólo los intencionalmente superficiales pueden mirar en menos.
Lo que importaba a este sacerdote no era conquistar nuevas y atrevidas libertades: ¿qué libertad no nos hemos ya atribuído a nosotros mismos? Lo que sentía que necesitábamos era un nuevo comienzo al interior de la liturgia, como el movimiento litúrgico quiso hacer cuando se encontró en la cumbre de sus verdadera naturaleza, cuando no era algo acerca de la fabricación de textos, o de inventar acciones y formas, sino acerca de redescubrir el centro vivo y de penetrar en la intimidad misma de la liturgia, de modo que la realización de ella proviniera desde su substancia misma.
La reforma litúrgica, en su realización concreta, se ha ido alejando cada vez más de su origen. El resultado no ha sido un renacimiento sino una devastación. Por un lado, tenemos una liturgia que ha degenerado en un show, en que la gente trata de hacer interesante la religión mediante insensateces a la moda y atrayentes máximas morales, con éxitos momentáneos en el grupo de los fabricantes litúrgicos, y un retroceso cada vez más marcado entre quienes buscan en la liturgia no un espectáculo, sino un encuentro con el Dios viviente, frente a Quien todas las cosas se vuelven insignificantes; porque sólo este encuentro puede permitirnos alcanzar la auténticas riquezas del ser. Por otra parte, está la conservación de las formas rituales cuya grandeza es siempre impresionante, pero que, llevada hasta el extremo, manifiesta un obstinado aislamiento y, finalmente, nos deja solamente tristeza.
Ciertamente, es entre ambos extremos que se ubican todos los sacerdotes y sus fieles que celebran la liturgia con respeto y solemnidad; pero se los cuestiona de parte de esa contradicción entre los dos extremos, y la falta de unidad interna de la Iglesia hace finalmente que su fidelidad parezca (erróneamente en muchos de ellos) una variedad meramente personal de neo-conservadurismo. Porque esto es así, se necesita un nuevo impulso espiritual que haga de la liturgia nuevamente una actividad colectiva de la Iglesia para nosotros, y que suprima de ella la arbitrariedad de tantos párrocos y de sus comités de liturgia.
No se puede “manufacturar” una cosa que vive, pero se puede contribuír a su desarrollo luchando por asimilar de nuevo el espíritu de la liturgia y defendiendo públicamente lo que se ha recibido. Este nuevo nacimiento necesita “padres” que sean modelos y que no se limiten a señalar el camino que se abre. Quienes buscan a estos “padres” en la actualidad se encontrarán, inevitablemente, con Mons. Klaus Gamber, quien nos dejó prematuramente pero cuya presencia, precisamente al dejarnos, se ha hecho presente a todos nosotros por la fuerza de las perspectivas que nos abrió. Al dejarnos, escapó de las querellas de partido, y pudo, en esta aciaga hora, transformarse en el “padre” de un nuevo comienzo.
Gamber mantuvo, con todo el corazón, las esperanzas del antiguo movimiento litúrgico. Quizá por provenir de una escuela extranjera, siempre fue un extraño en la escena alemana, donde nunca fue verdaderamente aceptado; incluso recientemente se ha dado el caso de una tesis de un joven investigador que experimentó graves dificultades porque se atrevió a citar demasiado a Gamber y con demasiada benevolencia. Pero, quizá, esta marginalidad fue providencial, porque forzó a Gamber a seguir su propio camino y le ahorró la carga del conformismo.
Es difícil expresar en pocas palabras lo que, en las discusiones de los liturgistas, es esencial y lo que no. Quizá la pista siguiente podría ser útil. J.A. Jungmann, uno de los liturgistas verdaderamente grandes de nuestro siglo, definió en su momento la liturgia tal como era comprendida en Occidente, especialmente por la investigación histórica, como “una liturgia de desarrollo”; y lo hizo probablemente también en contraste con la noción de Oriente, que no ve en la liturgia un proceso de devenir histórico y de crecimiento sino sólo el reflejo de la liturgia eterna, cuya luz, a través de su sagrado despliegue, ilumina nuestros cambiantes tiempos con su inmóvil belleza y grandiosidad. Ambas concepciones son legítimas y no son irreconciliables.
Lo que tuvo lugar después del Concilio fue totalmente diferente: en vez de una liturgia que es fruto de un continuo desarrollo, se puso en su lugar una liturgia fabricada. Se abandonó el proceso vivo del crecimiento y devenir, y se entró en el proceso de la manufactura. Ya no quisimos más continuar el devenir orgánico y la maduración de una cosa viva que vive a lo largo de los siglos, y la reemplazamos -al modo de un producto tecnológico- por una fabricación, un banal producto del momento.
Gamber, con la vigilancia de un auténtico visionario y con la valentía de un verdadero testigo, se opuso a esta falsificación y enseñó, incansablemente, la viviente plenitud de una auténtica liturgia, gracias a su increíblemente rico conocimiento de las fuentes. Como alguien que conocía y amaba la historia, nos mostró las múltiples formas del desarrollo y del camino de la liturgia; como alguien que miraba la historia desde dentro, vió en este desarrollo y en su fruto el reflejo intangible de la liturgia eterna, que no es un objeto hecho por nosotros, pero que sigue madurando y floreciendo maravillosamente si nos unimos íntimamente a su misterio. La muerte de este hombre y sacerdote eminente debiera ser para nosotros un estímulo, y su obra puede ayudarnos a alcanzar un nuevo impulso.


