CIUDAD CATÓLICACIUDAD CATÓLICA

  • Inicio
  • Artículos
    • Cultura
    • Estética y Bellas Artes
    • Filosofía y Teología
    • Literatura
    • Música
    • Política y Derecho
    • Religión e Iglesia
  • Estudios
    • Cultura
    • Estética y Bellas Artes
    • Filosofía y Teología
    • Literatura
    • Música
    • Política y Derecho
    • Religión e Iglesia
  • Actualidad y Noticias
  • Autores
  • Aforismos
  • Videos
  • Música
  • Galería
  • Archivero
    • 2023
    • 2024
  • Contacto
  • Home
  • Blog
  • Autores
  • No tenemos «derecho a la felicidad» C.S LEWIS

No tenemos «derecho a la felicidad» C.S LEWIS

by ciudadcatolica.cl / miércoles, 31 julio 2024 / Published in Autores

«Después de todo», dijo Clara, «tienen derecho a la felicidad».

 

Estábamos conversando sobre algo que había ocurrido en nuestro vecindario. El Sr. A. había abandonado a su mujer y había logrado el divorcio para casarse con la Sra. B., quien también había conseguido el divorcio para casarse con el Sr. A. Sin duda, el Sr. A. y la Sra. B. estaban sumamente enamorados. Si siguen estándolo, y si su salud o sus ingresos no sufren ningún percance, pueden esperar razonablemente ser muy felices.

 

También era claro que no habían sido felices con sus cónyuges anteriores. La Sra. B. había adorado a su marido en los comienzos; pero luego él quedó gravemente herido en la guerra. Algunos sospechaban que había perdido su virilidad, y era un hecho que había quedado cesante. La vida junto a él ya no era aquello a lo que la Sra. B. había apostado. Por otra parte, en cuanto a la mujer del Sr. A., la pobrecita había perdido toda su belleza y vitalidad. Algunos pensaban que, probablemente, se había consumido dándole hijos al Sr. A. y cuidándolo durante la larga enfermedad que nubló sus primeros años de matrimonio.

 

En todo caso, no hay que imaginarse que el Sr. A. fuera el tipo de hombre que se deshace despreocupadamente de su cónyuge, como quien tira la cáscara de una naranja luego de exprimirla. Fue un terrible golpe para él saber que ella se suicidó. De esto nos enteramos todos, porque él mismo lo contó. «¿Pero qué podía hacer yo?», dijo. «Todo hombre tiene derecho a la felicidad. Yo tenía que aprovechar la oportunidad cuando se me presentó».

 

Y me fui, pensando acerca del concepto de «derecho a la felicidad».

 

Para comenzar, tal cosa me suena tan raro como un «derecho a la buena suerte». Creo -a pesar de lo que sostiene determinada escuela de moralistas- que, en lo que se refiere a nuestra felicidad o infelicidad, dependemos en gran medida de circunstancias que escapan al control de los hombres. Para mí el derecho a la felicidad no tiene mucho más sentido que el derecho a ser un metro ochenta de alto, o a tener un padre millonario, o a disfrutar de buen tiempo cada vez que planeamos ir de picnic. 

 

Entiendo que un derecho es una facultad que me está garantizada por las leyes de la sociedad en que vivo. Así, tengo el derecho de transitar por los caminos públicos porque la sociedad me da esa facultad; por eso llamamos «públicos» a los caminos. También entiendo un derecho como una reivindicación que la ley me garantiza, y que impone a otra persona una obligación correlativa. Si yo tengo el derecho a recibir $ 1.000 de ti, ello equivale a decir que tú tienes la obligación de darme a mí $ 1.000. Si las leyes autorizan al Sr. A. a abandonar a su mujer y a seducir a la mujer de su vecino, entonces el Sr. A. tiene, por definición, un derecho legal a hacerlo, y no tenemos para qué incluír en la discusión el tema de la «felicidad».

 

Pero, obviamente, no es a esto que Clara se refería. Lo que ella quiso decir es que el Sr. A. tenía no sólo un derecho legal sino un derecho moral a actuar como lo hizo. En otras palabras, Clara es -o, más bien, lo sería, si lo hubiera pensado por sí misma- una moralista clásica, al estilo de Tomás de Aquino, Grocio, Hooker y Locke: ella cree que, detrás de las leyes del Estado, existe una Ley Natural.

 

Estoy de acuerdo con ella. Creo que esta idea es básica en toda cultura. Sin ella, las leyes realmente existentes del Estado se convierten en un absoluto, como en Hegel: no se las puede criticar, porque no hay ninguna norma de acuerdo con la que puedan ser juzgadas.

 

La genealogía de la máxima de Clara -«Tienen derecho a la felicidad»- es augusta. En términos que son caros a todos los hombres civilizados, pero particularmente a los norteamericanos, ha sido declarado que uno de los derechos del hombre es el derecho a «buscar la felicidad». Y aquí sí que nos topamos con el meollo del asunto.

 

¿Qué quisieron decir los redactores de aquella augusta declaración?

 

Lo que está claro es lo que no quisieron decir. No quisieron decir que el hombre tiene derecho a buscar la felicidad por cualquier medio -incluyendo, por ejemplo, el asesinato, el estupro, el robo, la traición y el fraude-. Ninguna sociedad podría fundarse sobre semejante base.

 

Lo que quisieron decir es «buscar la felicidad por cualquier medio legal», es decir, por medios que la ley natural aprueba desde toda la eternidad y que las leyes de las naciones aceptan.

 

Por cierto, esto parece reducir esta máxima a la tautología de que los individuos, en su búsqueda de la felicidad, tienen derecho a hacer todo aquello que tienen derecho a hacer. Pero las tautologías, vistas en su entorno histórico apropiado, no son siempre tautologías estériles. Esa declaración es, por sobre toda otra cosa, una negación de los principios políticos que gobernaron a Europa por largo tiempo: es un desafío lanzado a los imperios Austríaco y Ruso, a la Inglaterra de antes de la Ley de Reforma, a la Francia borbónica.  Lo que exige es que todos los medios de buscar la felicidad que son legales para algunos individuos, sean también legales para todos, que el «Hombre», y no solamente los hombres pertenecientes a determinada casta, clase social, estamento o religión tengan derecho a ellos. En una época en que tal cosa es silenciada por todas las naciones y todos los partidos, no llamemos a esta declaración una tautología estéril.

 

Pero la pregunta acerca de qué medios son «legales» -qué medios de buscar la felicidad son o bien moralmente admitidos por la ley natural o bien debieran ser declarados legalmente permitidos por el legislador de un determinado país-, esa pregunta permanece en el mismo punto que anteriormente. Y acerca de esta pregunta estoy en desacuerdo con Clara. No me parece obvio que la gente tenga ese ilimitado «derecho a la felicidad» que Clara sugiere.

 

Para empezar, creo que Clara, cuando dice «felicidad», quiere decir simple y exclusivamente «felicidad sexual», debido en parte a que las mujeres como Clara nunca usan el término «felicidad» en ningún otro sentido. Pero en parte, también, porque jamás he oído a Clara hablar de «derecho» a ninguna otra cosa. Clara fue más bien izquierdizante desde el punto de vista político, y se habría escandalizado si alguien hubiera defendido las acciones despiadadas de un explotador, devorador de hombres, sobre la base de que su felicidad consistía en ganar plata y estaba buscando así su felicidad. Clara fue también una abstemia empedernida, y nunca la oí excusar a ningún alcohólico debido a que era feliz cuando se emborrachaba. 

 

Muchos amigos de Clara, especialmente muchas amigas, a menudo han dicho –yo mismo se lo he oído decir- que la felicidad de ella misma aumentaría notablemente si pudieran darle un buen puñete en la nariz. Dudo mucho que Clara justificara esto a partir de su teoría sobre el derecho a la felicidad.

 

De hecho, Clara no está haciendo sino lo que todo el mundo occidental ha hecho desde hace más o menos cuarenta años. Cuando yo era joven, los progresistas solían decir «¿Por qué tanta mojigatería? Tratemos el sexo tal como se trata todos los demás impulsos». En aquel tiempo yo era suficientemente simple como para creer que eran honestos al decir tal cosa. Después descubrí que querían decir todo lo contrario. Lo que querían decir es que el sexo debe ser tratado como ningún otro impulso ha sido tratado jamás por gente civilizada. Admitimos que todos los demás impulsos deben ser controlados. Obedecer absolutamente al instinto de conservación es lo que llamamos cobardía, y al instinto de adquirir, avaricia. Incluso el sueño debe ser controlado, si uno trabaja como guardián nocturno. Pero perdonamos cualquier malevolencia o traición si el fin a que se tiende es «cuatro piernas desnudas en una cama».

 

Esto es como tener una ética según la cual robar fruta es malo, a menos que se trate de melones.

 

Y si uno protesta contra este punto de vista, normalmente se le viene a uno encima la cháchara sobre la legitimidad y belleza y santidad del «sexo», y además lo acusan a uno de perpetuar prejuicios puritanos contra el sexo como si fuera algo desdoroso o vergonzoso. Pues bien, niego esta acusación. Venus nacida de la espuma… Afrodita dorada…  Reina de Chipre…: jamás he pronunciado ni una sola palabra contra vosotras. Si objeto el que los niños me roben los melones, ¿quiere eso decir que estoy en contra de los melones en general? Podría ser simplemente que yo estuviera objetando el robo…

 

Se oculta hábilmente la verdadera cuestión diciendo que el problema del «derecho» del Sr. A. a abandonar su mujer pertenece al campo de la «moral sexual». Robar un huerto no es un delito contra un tipo especial de moralidad llamada «moral frutal». Es un delito contra la honradez. La acción del Sr. A. es un delito contra la buena fe (contra las promesas solemnes), contra la gratitud (hacia alguien con quien está profundamente en deuda) y contra la humanidad en general.

 

De este modo, nuestros impulsos sexuales son elevados a una situación de absurdo privilegio. Se supone que los impulsos sexuales justifican todo tipo de comportamientos, los cuales, sin embargo, si tuvieran otros propósitos, serían considerados crueles, traicioneros e injustos.

 

Ahora bien, aunque no veo ninguna razón para otorgar al sexo este privilegio, creo poder ver la poderosa causa de ello. Que es ésta.

 

Un aspecto de cualquier poderosa pasión erótica -distinta de un fugitivo impulso del apetito- es que hace promesas más sublimes que ninguna otra emoción. Ciertamente, todos nuestros deseos nos prometen cosas, pero nunca tan impresionantes. Estar enamorados supone la convicción casi irresistible de que vamos a seguir estándolo hasta que alguno de los dos muera, y de que la posesión del amado nos proporcionará no solamente frecuentes éxtasis, sino una felicidad estable, fructífera, profunda, para toda la vida. Por lo tanto, todo parece estar en juego. Si perdemos esta oportunidad, habremos vivido en vano. Y al solo pensamiento de semejante destino, nos hundimos en insondables profundidades de autocompasión.

 

Desgraciadamente, a menudo tales promesas resultan ser totalmente falsas. Todo adulto experimentado lo tiene claro respecto de las pasiones eróticas (excepto la que él experimenta en ese preciso momento). Desdeñamos fácilmente las pretensiones de eternidad de los amoríos que tienen nuestros amigos: sabemos que esas cosas a veces duran, y a veces no. Y cuando duran, no es porque desde el comienzo hayan prometido hacerlo. Cuando dos personas logran una felicidad perdurable, ello ocurre no sólo porque son grandes amantes sino también porque son -pongámoslo crudamente- personas buenas: autocontroladas, leales, equitativas, mutuamente adaptables.

 

Si establecemos un «derecho a la felicidad (sexual)» que supera a todas las normas ordinarias de comportamiento, lo hacemos no debido a lo que nuestra pasión demuestra ser según la experiencia, sino por lo que pretende ser mientras nos tiene bajo su dominio. Por lo tanto, mientras la mala conducta es auténtica y produce miseria y degradación, la felicidad que era el objetivo de tal conducta se revela ilusoria una y otra vez. Todo el mundo (excepto el Sr. A. y la Sra. B.) sabe que en un año, más o menos, el Sr. A. puede tener, para abandonar su nueva mujer, los mismos motivos que tuvo para abandonar la anterior. De nuevo va a sentir que todo está en juego, y se verá otra vez a sí mismo como el gran amante, y su piedad para consigo mismo excluirá toda piedad para con la mujer.

 

Quedan dos aspectos por tratar.

 

El primero: una sociedad en que la infidelidad conyugal es tolerada será siempre, a la larga, una sociedad adversa a las mujeres. Estas, a pesar de lo que digan algunas canciones y sátiras masculinas, son más naturalmente monógamas que los hombres: es una necesidad biológica. Ahí donde prevalece la promiscuidad, las mujeres serán siempre más víctimas que victimarios. Por otra parte, la felicidad doméstica les es a ellas más necesaria que a nosotros los hombres. Y la cualidad mediante la cual retienen con más facilidad al hombre, es decir, la belleza, disminuye año tras año después de la madurez; pero esto no les ocurre a las cualidades de la personalidad -a las mujeres no les importa tanto nuestra apariencia- que es con lo que nosotros las atrapamos. Así, en una despiadada guerra de promiscuidad, las mujeres están doblemente en desventaja. Ellas apuestan a más, y están expuestas a perder más. No tengo ninguna simpatía por aquellos moralistas que fruncen el ceño ante la creciente crudeza de las provocaciones femeninas: ellas son un signo de desesperación femenina que me llena de pena.

 

El segundo: aunque el «derecho a la felicidad» se relaciona fundamentalmente con el impulso sexual, me parece imposible que el asunto se quede ahí. Una vez que este fatal principio se instala en ese terreno, tarde o temprano ha de filtrarse al resto de nuestra existencia. Y así caminamos hacia una sociedad en que no sólo todo individuo sino también todo impulso de cada individuo exigirá carta blanca. Y entonces, aunque nuestra pericia tecnológica nos permita sobrevivir un poco más de tiempo, el espíritu de nuestra civilización habrá muerto, y será –y no me atrevo a llamar “desgraciada” a tal posibilidad- borrada del mapa. 

 

  • Tweet

About ciudadcatolica.cl

What you can read next

Prueba

Buscar

Categorías

  • Actualidad y Noticias
  • Aforismos
  • Archivero
    • 2023
    • 2024
  • Artículos
    • Cultura
    • Estética y Bellas Artes
    • Filosofía y Teología
    • Literatura
    • Música
    • Política y Derecho
    • Religión e Iglesia
  • Autores
  • Estudios
    • Cultura
    • Estética y Bellas Artes
    • Filosofía y Teología
    • Literatura
    • Música
    • Política y Derecho
    • Religión e Iglesia

Videos Culturales

Música

Galería

logo-80
logo-80
Category
CRisto en La Cruz
CRisto en La Cruz
Category
Dom Guigo, el cartujo
Dom Guigo, el cartujo
Category
Old town of Bagnoregio
Old town of Bagnoregio
Category

¿Tienes alguna duda?

Envíanos un mensaje

CIUDAD CATÓLICA 2023 © Derechos Reservados • Diseño web por Estudio Ideas

TOP